Sus manos se aferraban a la taza como si fuese un salvavidas. Tenía los dedos finos y largos, parecía distraída. Siempre había sido así, etérea, como de otro mundo, lejana, sin poner los pies en la tierra.
Él aprovechaba para contemplarla. Sus cabellos, largos, rizados y negros como la noche, enmarcaban sus ojos, también negros. Negros y profundos. Tan profundos como su soledad.
Su cuerpo, delgado y esbelto, se movia lentamente, casi com ingravidez y, sin ser guapos, tenía gran belleza. Era de esas personas con estilo que has de mirar si pasa a tu lado quieras o no. Sus manos eran hermosas y continuaban aferradas al infinito, al silencio, a la nada.
Él, en frente, no sabía qué decir, cómo llamar su atención, cómo traerla de vuelta. Al fin, se atrevió a romper el silencio.
- ¿un poco más de té?